Crecí escuchando que el tarot era algo prohibido, que abrir una baraja era abrir portales o tentar al mal.
Pero con el tiempo entendí que el miedo casi siempre nace del desconocimiento, y que lo sagrado puede tomar muchas formas.
Hoy sé que el tarot no invoca sombras: ilumina las que ya existen dentro de nosotros.
No es un juego, ni un acto de adivinación profana.
Es una herramienta simbólica, espiritual y profundamente humana que nos permite conectar con nuestro inconsciente y con lo divino que habita en cada uno.
Para mí, el tarot ha sido una forma de encontrar a Dios en los símbolos, en la intuición y en el silencio.
Creo en Dios, en los ángeles y en la Virgen. Ellos son mis guías y maestros, y muchas veces han hablado a través de las cartas con una dulzura y una precisión que solo el amor podría inspirar.
Con esto no quiero decir que Dios me hable directamente a través del tarot, ni que tenga un canal exclusivo hacia Él.
A veces es mi inconsciente el que responde, otras veces es la voz del alma o el yo superior del consultante.
Lo que quiero expresar es que Dios nos habla de muchas maneras:
en una situación que se acomoda a nuestro favor, en los pequeños milagros de cada día, en la risa de un niño, en el amor de nuestra familia, en la mano de un extraño que aparece justo cuando lo necesitamos…
Y sí, a veces también en una carta de tarot que te recuerda que escuches tu corazón y actúes de buena fe.
No creo que el tarot esté peleado con la fe.
Creo que el miedo lo separó de ella.
El tarot como espejo del alma
El tarot no dicta el futuro: lo refleja.
No sustituye la oración ni la fe: las complementa.
Cada carta es un arquetipo universal —el Sol, la Estrella, la Muerte, la Justicia— símbolos que, como las parábolas de los textos sagrados, nos enseñan sobre transformación, fe, perdón y renacimiento.
El tarot no contradice a Dios, porque habla el mismo lenguaje simbólico del alma.
Nos invita a asumir responsabilidad por nuestra energía, nuestras decisiones y nuestro destino.
La fe no tiene una sola forma
A pesar de haber sido educada dentro del catolicismo, creo que todas las religiones son hermanas.
Cada una busca, a su manera, conectar al ser humano con el misterio, con el amor y con la conciencia de algo más grande que nosotros.
No creo que una religión sea más real o verdadera que otra.
Creo que todas son puertas hacia lo divino, y que cada alma tiene derecho a elegir la que resuene con su corazón.
El tarot, en ese sentido, no reemplaza a Dios: nos ayuda a escucharlo.
Es una herramienta que abre diálogo con el mundo espiritual y con las capas más profundas del inconsciente.
El poder no está en las cartas, sino en la intención
Durante siglos, muchas prácticas espirituales fueron demonizadas, especialmente aquellas que empoderaban a las personas.
Pero lo profano no está en la herramienta, sino en la intención con que se usa.
El tarot puede usarse para manipular, sí.
Pero también puede usarse para sanar, comprender, liberar y reconectar con la voz de lo divino.
La diferencia está en el corazón que lo sostiene.
Fe, libertad y amor: el punto de encuentro
Para mí, el tarot es una conversación sagrada.
Una oración que ocurre en silencio, entre la mente y el alma.
Cada lectura me recuerda que no se trata de controlar el futuro, sino de prepararme para él con fe, conciencia y voluntad.
Porque si Dios nos hizo a su imagen, nos hizo creadores.
Y crear nuestro propio camino, con amor y propósito, también es una forma de honrarlo.
El tarot no sustituye la fe.
Es otra forma de practicarla.
Porque si Dios es amor, todo lo que nos ayude a amarnos más y a comprendernos mejor, también nos acerca a Él.

